Casado o NO… debes leer esto… Vale la PENA. Puedes salvar tu relación



NOTICIA:

Recuerdo que escuché esta historia por primera vez hace años y me emocionó muchísimo. Hoy llegó de nuevo a mis manos, la volví a leer, y volví a emocionarme de la misma manera. Creo, por lo tanto, que vale la pena compartirla.

No importa si estás en pareja, casado o soltero, este anónimo autor, nos hace reflexionar de una manera profunda y nos hace darnos cuenta de las cosas que son realmente importantes en la vida:

“Cuando llegué a casa esa noche, mientras mi esposa me servía la cena, le tomé su mano y le dije: “Tengo algo que decirte…” Ella se sentó y comió callada… La observé y vi el dolor en sus ojos. De pronto, no sabía cómo abrir mi boca, pero tenía que decirle lo que estaba pensando: “quiero el divorcio”. Ella no parecía estar disgustada por mis palabras y me preguntó suavemente: “¿por qué?” Esa noche no hablamos, y ella lloraba… Yo sabía que ella quería saber qué estaba pasando con nuestro matrimonio, pero no pude contestarle. Sucedió que ella había perdido mi corazón a causa de otra mujer llamada Juana. Yo ya no amaba a mi esposa, ¡solamente le tenía lástima!

Con un gran sentido de culpabilidad, escribí un acuerdo de divorcio y en este acuerdo ella se quedaba con la casa, el auto y el 30% de nuestro negocio. Ella miró el acuerdo y lo rompió en pedazos. Ella pasó 10 años de su vida conmigo y éramos como extraños. Yo le tenía lástima, por todo su tiempo perdido, su energía, pero ya no podía cambiar. Yo amaba a Juana. De pronto empezó a gritar y a llorar, como para desahogarse. La idea del divorcio ahora era aún más clara para mí.

El próximo día llegué a casa y la encontré escribiendo en la mesa. No cené y me fui a dormir, estaba muy cansado de haber pasado el día con Juana. Cuando desperté, todavía estaba mi esposa escribiendo en la mesa. No me importó, me di vuelta y seguí durmiendo. Por la mañana, mi esposa me presentó sus condiciones para el divorcio, no quería nada de mí, pero necesitaba un mes de aviso antes del divorcio. Me pedía en el divorcio que por un mes tendríamos que vivir como si nada hubiera pasado y llevarnos normalmente. Su razón era simple: nuestro hijo tenía todo ese mes exámenes y no quería molestarlo con nuestro matrimonio quebrantado.

Yo estuve de acuerdo, pero ella tenía otra petición: que me acordara cuando yo la cargué en brazos hacia nuestro cuarto el día que nos casamos. Me pidió que por ese mes, todos los días, la cargara del cuarto hasta la puerta de salida de la casa. Pensé que se estaba volviendo loca, pero para que la fiesta fuera en paz, acepté. Le conté a Juana lo que mi esposa me pidió y ella riendo en voz alta dijo que era absurdo ese pedido y que no importaba qué truco mi esposa usara, tendría que aceptar el divorcio.

Mi esposa y yo no teníamos contacto físico desde que expresé mis intenciones de divorcio, así que cuando la cargué en brazos el primer día, hasta la puerta del frente, los dos nos sentimos mal. Nuestro hijo caminaba detrás aplaudiéndonos y diciendo: “¡Papá está cargando a mi mami en sus brazos!” Sus palabras me dolieron mucho. Caminé los 10 metros con mi esposa en mis brazos. Ella cerró los ojos, y me dijo, en voz baja: “No le digas a nuestro hijo del divorcio, por favor”. Asentí con el cabeza, un poco disgustado, y la bajé cuando llegué a la puerta. Ella se fue a esperar el colectivo para ir al trabajo. Yo manejé solo a mi trabajo.

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El segundo día, los dos estábamos más relajados, ella se apoyó en mi pecho y pude sentir la fragancia en su blusa. Me di cuenta que hacía tiempo que no la miraba detenidamente. Me di cuenta que ya no era tan joven, tenía algunas arrugas, algunas canas… ¡Era notable el desgaste de nuestro matrimonio! Por un momento pensé y me pregunté: “¿Qué fue lo que le hice?”

El cuarto día, la cargué en brazos y sentí que la intimidad estaba regresando entre ambos. ¡Esta era la mujer que me dio 10 años de su vida, de su juventud! En el quinto y sexto día, seguía creciendo nuestra intimidad. No le dije nada a Juana al respecto. Cada día era más fácil cargar a mi esposa y el mes se iba corriendo. Pensé que me estaba acostumbrando a cargarla, y que tal vez era por eso que se me hacía cada vez menos pesado el cargar el peso de su cuerpo.

Un mañana ella estaba mirando qué ponerse. Se había probado muchos vestidos, ¡pero no le servían! Quejándose dijo: “Mis vestidos me están quedando grandes”. Fue ahí que me di cuenta que estaba muy delgada. Y era esa en realidad la razón por la que yo ya no sentía su peso al cargarla… De pronto me di cuenta que se había enterrado mucho en el dolor y la amargura. Sin darme cuenta, le toque su cabello. Nuestro hijo entró al cuarto y dijo: “Papá llegó el momento de que cargues en tus brazos a mamá hasta la puerta”. Para mi hijo, ver a su padre, día tras día, cargar a su mamá hasta la puerta, se había convertido en una parte esencial de su vida.

Mi esposa lo abrazó, yo di vueltas la cara, mi cara dubitativa. Sentí un gran temor que cambiaría mi forma de pensar sobre el divorcio… Ya cargar a mi esposa en mis brazos hasta la puerta, se sentía igual que el primer día, el día de nuestra boda. Ella acariciaba mi cuello natural y suavemente. Yo la abrazaba fuertemente, igual que nuestra noche de bodas. La abracé y no me moví, pero la sentí tan livianita y delgada que me dio tristeza. El último día igual la abracé y no quería moverme. Le dije: “No me di cuenta que ya no teníamos intimidad…”

Mi hijo iba para la escuela y yo manejé para la oficina. Salí del auto y sin cerrar la puerta, subí la escalera. Juana me abrió la puerta, y le dije: “Discúlpame, lo siento, no quiero divorciarme de mi esposa”. Juana me miró , me preguntó si yo tenía fiebre. Yo le dije: “Mi esposa y yo nos amamos.Solo era que la rutina había dañado nuestra intimidad y estábamos aburridos. No habíamos valorado los detalles de nuestra vida, pero desde que empecé a cargarla en brazos nuevamente, todos los días, del cuarto a la puerta, me doy cuenta que debo cargarla por el resto de nuestras vidas. ¡Hasta la muerte!” Juana empezó a llorar, me dio una cachetada y me cerró la puerta en la cara.

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Bajé las escaleras, subí al auto, llegué a una florería y le compre flores a mi esposa. La joven en la florería me preguntó: “¿Qué le escribo en la tarjeta, Sr?” “Te cargaré en brazos todas las mañanas, hasta que la muerte nos separe”, le dije. Llegué a mi casa, con flores en las manos y una sonrisa, solo para ella. Corrí y subí las escaleras, entré en la habitación… encontré a mi esposa muerta.

Mi esposa estaba dando lucha con un terrible cáncer y yo estaba tan ocupado con Juana, que no me di cuenta… Mi esposa sabía que se estaba muriendo y por eso me pidió un mes de aviso antes del divorcio, para que a nuestro hijo no le quedara un mal recuerdo de un divorcio. Para que no tuviera una reacción negativa de sus padres. Para que, por lo menos a mi hijo, le quedara grabado en sus ojos y sus recuerdos, que su padre era un hombre maravilloso, un esposo que amaba a su esposa.

Estos pequeños detalles son los que importan en la vida, en una relación. No la casa, el auto, la plata en el banco. Esto trae apariencia de felicidad, pero en realidad, no es así.

 

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